martes, 20 de octubre de 2015



En la década de los sesenta Julio y Alejandra se conocieron, en París. Ambos, como escribiría el novelista «andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos». Fruto de la amistad que les unía y de las inquietudes que compartían, un buen día Alejandra le dijo: la Maga soy yo. Solo soy un mero narrador y observador de la vida, por eso no les contaré más de esta historia de auténticos héroes de carne y hueso. Y no lo haré porque entiendo poco del querer, respiro inmadurez y, además, no soy yo quien debe hacerles sentir, sino ustedes los que deben sentirse sentidos. Así me despido, no sin antes hacerles entrega de una de las últimas cartas que Julio envió a Alejandra. Un año más tarde, la gran poeta argentina se quitaría la vida ingiriendo cincuenta pastillas de un barbitúrico. Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés,
lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Solo te acepto viva, solo te quiero Alejandra. Escríbeme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo. Julio.» París, 9 de septiembre de 1971

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